Un deseo no cambia nada. Una decisión lo cambia todo

Hay momentos de nuestra existencia donde tenemos que tomar decisiones. Decisiones que hacen que no permanezcamos inmóviles, en un punto fijo, mientras somos arrastrados por el ritmo frenético de la vida.

Todos pretendemos tomar la decisión acertada. Nos preguntamos una y otra vez si lo que estamos eligiendo es lo que más nos conviene a largo plazo.

Ponemos en una balanza los pros y los contras y, en ocasiones, entramos en un bucle de pensamientos que desencadenan en ansiedad e incluso en un malestar psicológico de indecisión.

Tomar decisiones siempre nos resulta difícil, sobretodo cuando entran en juego las emociones, sentimientos, rasgos de personalidad, experiencias…

Esa inseguridad es la que, a veces, hace que sigamos prefiriendo no desviarnos del camino donde nos encontramos. Quizás por no arriesgar y perder, o por el miedo a lo desconocido.

¿Sientes que ese ya no es tu sitio? ¿Sientes que en cualquier otro lugar, con cualquier otra persona o con cualquier otro empleo te sentirías más pleno? Hazlo, y si te da miedo, hazlo con miedo.

Escucha a tu cuerpo. Analiza cómo te estás sintiendo en el contexto actual y decide.

Decide sobre tus circunstancias porque aún lo puedes hacer.

Mientras sigamos vivos tenemos el poder sobre qué camino elegir, qué personas queremos que nos acompañen, qué soluciones tomar ante las diferentes circunstancias; porque cuando lo hagas y te sientas realmente feliz, el camino que has recorrido hacia ese bienestar habrá merecido la pena.

Toma decisiones, y si sientes paz, es que estás en el camino correcto.

Estás ante la más apasionante de las experiencias: tu vida. Un espacio de tiempo finito en el que tienes la oportunidad de ser quien quieras ser.

Una posibilidad esperándote sentada a que decidas qué hacer.