El merecimiento

Hoy muestro un texto que recibí hace unos días y he decidido compartirlo. Espero que os guste, que lo interioricéis y lo transmitáis.

“Hace unos días di una charla en la Universidad Autónoma de Barcelona para estudiantes de Comercio Internacional. Antes de entrar en el aula, dos profesoras me dijeron que la tropa estaba desanimada y un poco desmotivada y que lo único que esperaban era que les subiera un poco la moral. Mi idea era hablarles de cómo yo había montado mis proyectos en países como China, EEUU o Sudamérica desde mi experiencia personal con un toque de humor y humildad, ya que yo nunca pasé por ninguna universidad.

Pero un comentario inocente cambió la charla cuando un estudiante me dijo que esta generación merecía más, quizá yo lo interpretara mal y me sonara a cancioncilla de papá.

Está claro que casi todos pensamos que merecemos más, que algo o alguien siempre se interpone en nuestros deseos y en nuestros objetivos, ya sean a nivel personal o profesional para alejarnos de nuestros verdaderos propósitos.

 

Yo sinceramente, y así se lo expliqué a estos estudiantes, creo que siempre estamos en el lugar exacto que nos corresponde, ni un paso atrás, ni un paso adelante, ya que nuestra vida es el resultado de nuestras acciones y somos nosotros los que de una manera consciente o inconsciente nos colocamos en nuestro sitio. No hay ninguna ley que lleve nuestro nombre escrito y en el cuál se nos impida alcanzar o hacer cosas, que otras personas por la circunstancia que fuera, si lo hicieron.

Y en este saco caben muchas teorías con las que nos excusamos para no cambiar o hacer eso que de verdad queremos hacer.

Pensar que merecemos más de lo que tenemos es, para mi, una creencia limitante y castradora que nos debilita y nos convierte en víctimas acusadoras y expectantes. El merecimiento a veces se convierte en una espina muy profunda y molesta que jamás llegamos a tocar con la yema de los dedos pero que la sentimos ahí clavada día tras día.

Yo he bajado con mi familia a los infiernos de la ruina dos veces y cada vez que lo he hecho, lo he perdido todo menos la fe, nunca nos dimos por vencidos, siempre pensamos que ese trance era transitorio y que teníamos que seguir luchando. Asumí que yo era el responsable con todo merecimiento de lo que me estaba pasando, nadie me obligó a meterme donde me metí. Yo lo decidí y no lo hice bien, solo me quedaba tomar nota y seguir aprendiendo.

Ahora también estoy donde me merezco y dentro de unos años también estaré donde merezca, esté donde esté, porque somos nosotros los que nos damos y nos quitamos los merecimientos en el momento en el que tomamos nuestras decisiones, desde las más importantes a las más livianas, desde las más valientes hasta las más conservadoras.

Siempre estamos decidiendo o como mínimo dejando que otros decidan por nosotros, lo que en el fondo no deja de ser otra forma de decidir aunque menos responsable. Normalmente el víctima vive escondida en esta forma de vida.

Nosotros decidimos aceptar las personas, los trabajos, los hobbies y un sinfín de cosas. Todas las experiencias que vivimos de alguna manera las tuvimos que decidir en algún momento. También acepto que el mundo está lleno de injusticias y desigualdad pero nosotros tenemos la última palabra, la decisión final siempre está en nuestras manos.

Estamos rodeados de ejemplos de personas que no se resignaron y traspasaron fronteras de todos tipos para conseguir su sueño, sin dejar que nada ni nadie se lo impidiera, estos valientes son los que mueven e inspiran a la sociedad, nuestros héroes.

Aceptar que estamos donde merecemos es una manera positiva de situarse para afrontar y decidir el futuro con valentía e ilusión, pensar en lo contrario es bajar los brazos y rendirse a una realidad creada por y para los victimistas.”

 

Pascual Girons